Samarigato
Recuerda la misericordia de Dios
Era noche, estaba apurando a mi esposo para que caminara rápido porque no quería que la cafetería cerrara sus puertas. Aunque cierran tarde, temía no satisfacer mi antojo de cafecito, tal vez fue por eso que, cuando pasó una persona a mi lado apenas la vi de reojo.
Generalmente evito hacer mucho contacto con personas en situación de calle o vulnerables, no porque me desagrade, sino al ser mujer temo que me vean como una presa fácil. Eso cambia si estoy con mi esposo, ahí al sentirme segura nos detenemos más a ayudar o escuchar.
Esa noche, solo vi a un chico pasar a mi lado, no vi sus heridas, ni la sangre… pero mi esposo, Felipe, sí.
Él se detuvo y le preguntó, “¿estás bien?”
Yo me desesperé, ¿no le había dicho que la cafetería podía cerrar?, ¿dónde más conseguiríamos café? Sí, definitivamente no estaba pensando en servir al otro, sino en servir mi deseo de sentarme en mi cafetería favorita, hablar con mis amigos y cenar rico.
El chico lloroso respondió un contundente “no”.
Yo seguía pensando en mi anhelo de una cena reconfortante.
Felipe, siguió, “¿qué te pasó?”
“Me golpearon y robaron”- dijo el chico.
Sabía hacia dónde iría esa conversación. Felipe se ofrecería llevarlo al médico, pero ¿en dónde? Donde vivimos es casi un pueblito aunque se encuentra dentro de la CDMX, no hay médicos que atiendan un sábado en la noche.
Si tomamos taxi, podríamos llegar a una zona mejor comunicada sin embargo, los únicos consultorios serían privados costosos, los consultorios populares cierran temprano.
¿En verdad mi esposo estaba considerando gastar en un taxi y una consulta privada?¿Cuánto gastaríamos? ¿Y mi café? La cafetería no abriría hasta el martes. Domingo y lunes no tienen servicio.
Ahí estaba en la noche a unos pasos de llegar a la cafetería, pero me veía impedida por mi Felipe y ese chico. Todavía tenía esperanza de que, al pensar en todo esto, mi esposo sólo orara por él y siguiéramos nuestro camino. No fue así.
En medio de mi egoísmo, un pensamiento vino a mi mente “si fuera un gato atropellado, estarías buscando un veterinario y no te importaría el gasto”. Me sentí avergonzada porque sabía que era verdad.
Ayudar a un animal es fácil.
He dejado animales en mi estudio con agua y comida para que se recuperen de alguna operación y después liberarlos. No necesitas ni siquiera amar al animal, solo tener un poco de misericordia y disposición.
Por otro lado, servir a las personas es difícil.
No es tan sencillo abrirle las puertas de tu casa a un desconocido. Y mucho menos puedes encerrar a una persona con comida y agua en una habitación, podrías meterte en muchos problemas legales.
Además, en este caso concreto, podía argumentar que un gato atropellado difícilmente tendría la culpa de estar en esa situación.
No solo como sociedad no hemos dejado espacios en donde los animales puedan vivir, todo lo hemos llenado de concreto y reclamado como propio. Frases como “se metió a mi casa”, es absurda cuando hablamos de la fauna que no entienden de propiedad privada, y que hemos despojado de su hábitat.
Y, en animales domésticos, podemos hablar del abandono en calles y falta de esterilización. Sin considerar que la CDMX tiene fama de conducir a exceso de velocidad.
Definitivamente, un gato atropellado no tendría la culpa de estar en esa situación.
Pero, cuando vemos a una persona vulnerable o en situación de calle, es fácil pensar que seguramente se encuentra en ese estado por sus malas decisiones. Y sí, muchas veces sí es así, pero ¿eso debería de ser un impedimento para no ayudar al necesitado?
Pienso en mi Dios y cómo me ayudó en muchos problemas en los que solita me metí.
Aun sabiendo lo bueno, decidí hacer lo malo. Cuando las cosas se complicaron, pedí ayuda y Dios estuvo ahí para sacarme del agujero que yo había cavado con tanto esmero.
“Si fuera un gato atropellado, estarías buscando un veterinario y no te importaría el gasto”, fue el pensamiento que provocó que saliera de mi egoísmo. Dios utilizó la misericordia que había practicado en animales para servir al chico que teníamos enfrente de nosotros. Dejé de verlo como un obstáculo y lo empecé a ver como Dios lo ve: Una persona que porta Su imagen y merece ser tratado con dignidad.
Dios ama a las personas, Dios ama a ese chico y Dios quería usarnos en ese momento para curar sus heridas.
Subimos a un taxi, lo llevamos a una clínica privada, le hicieron estudios y atendieron sus heridas.
Los doctores nos preguntaban nuestro parentesco con él, porque ¿por qué más ayudaríamos a ese chico?
- No lo conocemos, lo encontramos camino a cenar.
Los médicos nos veían con sorpresa y se iban.
La radiografía mostraba que sus golpes solo eran superficiales, la inflamación no era producto de alguna fractura. Con medicamento pronto estaría bien.
También nos comentaron que olía a solvente el chico.
Sospecho que Dios no me permitió olerlo —Felipe sí lo había notado—, para no seguir endureciendo mi corazón con argumentos como “Señor, él solito se lo buscó. Hasta viene drogado, capaz que hizo algo y por eso lo golpearon.”
Cuando acabaron de revisarlo, pagamos la cuenta —que fue menos de lo que esperaba—, fuimos a la farmacia para comprar el medicamento y regresamos a casa.
En el taxi de vuelta, Felipe pudo hablarle del evangelio. Que realmente era Dios quien lo estaba buscando y cuidado, no nosotros, solo fuimos las manos de Él en ese momento.
Volvimos a dejar al chico en el lugar que lo encontramos, como si de una abducción extraterrestre se hubiera tratado. ¿Acaso no somos como extraterrestres? No somos de este mundo, pertenecemos a Dios y a su Reino.
Dios, como quien recompensa a un niño, me dio un regalo… la cafetería había tenido tantos clientes que todavía estaba abierta, pude cenar mi cafecito que tanto anhelaba.
La biblia dice que somos sacerdotes
..ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable. 1 Pedro 2:9 NBLA (énfasis añadido)
Pero tal vez en nuestro día a día nos parecemos más a los sacerdotes que pasaron de largo cuando vieron a un samaritano herido.
Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquel, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.
Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?
Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo. Lucas 10: 25- 37 RVR 1960 (énfasis añadido)
Que no nos justifiquemos a nosotros mismos como el intérprete de la ley, sino que en verdad amemos a Dios y lo que Dios ama, a las personas y su creación.
Que no pasemos de largo como el sacerdote y levita, porque nuestro Dios y Señor, no nos abandonó en nuestra condición de pecado, sino que nos amó y se entregó a si mismo para salvarnos. Nuestro Dios es grande en misericordia, y nos invita a parecernos a Él.
Que Dios abra nuestros ojos y nuestro corazón para detenernos y ser movidos a misericordia, como aquel samaritano. Como consejo, puedo decirte que si te ejercitas en compadecerte en lo pequeño —como con los animales—, será un poco más sencillo hacerlo en lo mucho —como con las personas—.
Mi anhelo es que seamos ese real sacerdocio que muestra con sus palabras y servicio la bondad de Dios, pues él nos ha llamado a salir de la oscuridad y entrar en su luz maravillosa1. Si Dios ha sido bueno contigo —y sé que lo ha sido—, extiende tu mano para ayudar a otros a salir de las tinieblas del pecado y llevarlos a la luz de nuestro Salvador.
Cuando pases al lado de un sufrimiento no te quedes sólo pensando en tus anhelos y deseos. Escucha a Dios y permite que use tus manos y tus pies para consolar a las criaturas de este mundo caído, sean animales o sean personas.
1 Pedro 2:9 NTV


Gracias por este escrito, me confrontó mucho.
Y gracias por tu trabajo aquí escribiendo, debo admitir que ya espero con ansias tus próximos escritos y me emocioné por ver uno nuevo hoy 😁
Me encantó esta idea: dejar de ver a las personas como interrupciones de nuestros planes y empezar a verlas como Dios las ve. Un buen recordatorio de que el prójimo casi siempre aparece cuando estamos ocupados con otra cosa